martes, 5 de mayo de 2009

La importancia de hablar de lo que nos pasa

La terapia psicológica es, casi en la totalidad de los casos, un espacio para que cada persona se encuentre con su lenguaje, único y particular. Poder hablar y expresar lo que realmente le importa a uno parece ser el principal beneficio que agradecen los pacientes y la mayoría de las veces es su boleto para lograr el cambio que tanto anhelan. Ahora bien, hasta acá parece bastante sencillo: hablar es algo que todos nosotros sabemos hacer, algo que constantemente ejercitamos con personas durante todo el día. Todos sabemos que cuando se trata de un problema, podemos conversarlo con un amigo, una pareja, o un consejero de cualquier tipo. No obstante este ejercicio cotidiano encierra una trampa. A menudo hablamos de nuestros problemas y nos encerramos en él. Nuestras palabras son parte del problema. A menudo lo que decimos no permite solucionar nada; es lo que la gente conoce como el “rollo”, es decir, un conjunto de palabras e ideas que dicen muy poco y no nos permite ver más allá. Las personas a menudo nos vemos atrapadas en el “rollo”. A menudo el “rollo” nuestro pero también el “rollo” de los demás. Así un joven puede sentirse atrapado en el “rollo” de sentirse adolescente, o de ser criticado por sus pares. O puede sufrir por el “rollo” de sus padres, o el de su polola. El “rollo” de cada cual tiene un problema concreto en sí mismo. Constituye un lenguaje total o parcialmente desvinculado de lo que realmente nos sucede. Se funda en verdades a media, en maneras erróneas de ver la realidad. Y el problema es que aquello nos hace sufrir. Nos da la sensación de estar atrapados en un callejón sin salida. Lo que hace un buen terapeuta es trabajar con el “rollo”, deshaciéndolo. Permitiendo que la persona pueda ver a través de él su propia verdad. Significa que poco a poco el paciente irá descubriendo un lenguaje más coherente consigo mismo y podrá hablar lejos de su “rollo” particular. Diremos que poco a poco la estructura superficial de su lenguaje (lo que la persona dice o piensa) poco a poco irá siendo coherente con la estructura profunda, con su cuerpo y emociones. Pongamos ejemplos:Una joven dice “Mi novio me engaña; sé de buena fuente que a menudo sale con otras mujeres”. Ante eso podríamos nosotros preguntar, “¿Y qué te pasa a ti con eso?, respondiendo la joven: “Bueno, me da lata, pues”. Acá podemos ver que lo que la joven dice que siente no es coherente con lo que realmente probablemente está sintiendo. Un hecho de engaño puede dar mucha rabia, pero rara vez “lata”, que en lenguaje chileno quiere decir aburrimiento. Lo que ocurre es que las palabras que esta joven dice y piensa, no corresponden con su realidad emocional. Puede que a consecuencia de esto ella está sufriendo una depresión, ya que reprime un sentimiento tan natural como la rabia y queda en situación de volver esa rabia hacia sí misma, desensibilizándose al mismo tiempo de ella misma. Cuando ella narra el hecho de que su novio la engaña, su lenguaje no es creíble, es más bien un “rollo”; ella lo cuenta como si contara lo que le pasó a alguien lejano, cuando en realidad le ocurrió a ella misma.En la vida cotidiana enfrentamos problemas similares cuando alguien nos cuenta por ejemplo que está deprimido. Nuestra pregunta casi invariablemente es “¿Por qué?”. Con eso hacemos que la gente nos dé una serie de razones, que más suenan a justificaciones; culpan a personas, situaciones o a sí mismos, pero rara vez comprenden. Podemos decir sin temor a errar que estas personas recurren a sus “rollos”, aquellos discursos que han masticado una y otra vez en su mente sin encontrar solución alguna. Sólo un terapeuta experimentado sabrá hacer las preguntas correctas que le permitirán a ellos empezar a conectar sus palabras con emociones y experiencias que ellas mismas han ocultado de su propia vista. De hecho, en el caso de los traumas que se producen por situaciones altamente estresantes o terribles, las personas se bloquean y muchas veces olvidan intencionalmente lo que ocurrió, y puede que al mismo tiempo desarrollen síntomas psicosomáticos (por ejemplo: depresión, insomnio, estrés, angustia, crisis de pánico, etc.) . El tratamiento consistirá básicamente en que puedan hablar y así reconstruir en palabras lo ocurrido, y no sólo el hecho concreto sino también lo que significó para ellos, con conciencia de sus propias emociones y valoraciones. En la vida cotidiana todos experimentemos mini-traumas a diario, cada vez que discutimos o peleamos con un ser querido, cada vez que nos frustramos, o cada vez que algo o alguien nos desilusiona. Situaciones emocionales negativas pueden ser pequeños traumas; para un niño puede ser ver discutir a sus padres, o ser regañado por un adulto, etc. Si la persona se acostumbra a vivir así, y nunca tiene la oportunidad de hablar de sus sentimientos al respecto, y ni siquiera piensa acerca de lo sucedido, lo más probable es que el efecto acumulativo de esas experiencias la lleve a experimentar síntomas en su vida, cosas como arrebatos emocionales, pensamientos obsesivos, insomnio, estrés, angustia e incluso dolores y enfermedades físicas. La terapia psicológica puede ser una oportunidad de dar un significado nuevo a nuestra vida, a la vez que mejorará nuestras capacidades comunicativas y expresivas. Aprender a usar correctamente el lenguaje significa incluir en él nuestros verdaderos sentimientos y emociones.

sábado, 2 de mayo de 2009

Mitos y Arquetipos en la vida cotidiana

La palabra “arquetipo” fue creada por C. G. Jung para designar a lo que él definió como ciertas estructuras psíquicas primordiales que se transmitían (heredaban) en la misma estructura del cerebro humano. Estas estructuras (los arquetipos) nos darían a nosotros la posibilidad de contar con la sabiduría de la especie en los distintos ámbitos de la vida. Son posibilidades de experiencia y, muy especialmente, posibilidades en cuanto a la manera en que creamos “imágenes” o símbolos.
Jung llegó a la conclusión de que existían estas estructuras psíquicas de carácter universal (las mismas o muy similares para toda la especie humana) después de estudiar a miles de pacientes y, al mismo tiempo, miles de mitos y leyendas a lo largo y ancho del planeta, en distintas épocas y culturas. Jung vio que los relatos mitológicos de lugares muy distanciados en tiempo y espacio tenían grandes similitudes: había un héroe, una lucha entre el bien y el mal, un enfrentamiento del héroe con la sombra, etc. A menudo el héroe era hijo de un dios o espíritu sobrenatural y de una mujer mortal, debiendo realizar un trabajo para el cual debía dejar su hogar terrenal y lanzarse a la aventura. Por ejemplo, en la mayoría de los mitos halló que la sabiduría se la representaba como un Viejo y al adversario como una Sombra o personaje de color opuesto al héroe. Al poder de lo femenino se lo suele representar como una copa o una olla, tanto en China como en Europa, América o África. Él también halló que muchos de sus pacientes tenían sueños con símbolos e imágenes parecidas, sin haber estudiado nunca sobre mitología o arte de otras culturas (ni siquiera la propia). Incluso pacientes psicóticos tenían delirios que uno podría llamar “arquetípicos” porque responden a estos motivos universales; Jung supuso así que cada ser humano tiene, en su psiquis todo el 'material' como para fabricar imágenes y símbolos parecidos a los de las mitologías. De hecho, en el día de hoy podemos ver cómo películas como El Señor de los Anillos o Harry Potter son éxitos de taquilla con millones de fanáticos; la razón puede muy bien ser que estas películas reflejan la tendencia natural de la psique a crear mitos, no importa de dónde sea la persona, culturalmente hablando.
Jung pensaba que todos los seres humanos poseíamos nuestros mitos particulares, personales, de los cuales no siempre somos conscientes. Estos mitos a veces se heredan familiarmente (Jung hablaba de un inconsciente colectivo general para toda la especie humana, pero también cada familia tenía su propio inconsciente). Por ejemplo, alguien puede estar dominado por el mito de Aquiles, sintiéndose en su vida invencible y poderoso, pero tarde o temprano mostrará su ‘talón’... En otro ejemplo común, una mujer puede estar dominada por el mito de Caperucita Roja. Eso significa que siempre tenderá a encontrar 'lobos feroces' en cada hombre que conoce. Incluso puede que su color predilecto para vestirse sea el rojo. También un hombre podría estar dominado por el mito del Quijote, y haberse ilustrado mucho para luego vivir en un mundo de fantasía con grandes problemas de adaptación. Su fisonomía puede llegar a parecerse a la del conocido personaje. En otro ejemplo, un joven podría estar representando en su vida actual a Peter Pan y, como el personaje, resistiéndose a crecer y a asumir una vida como adulto. Muchas mujeres pueden estar inconscientemente buscando al príncipe azul de su mito interior, y muchos hombres su princesa. Y así podemos seguir hablando de mitos en la vida cotidiana.
Una forma sencilla de empezar a conocer nuestros mitos es la siguiente: buscar aquellas historias, de la mitología, del cine o la literatura, que más nos gusten; cuentos o películas favoritos dentro de los cuales no estamos hablando de documentales o programas de televisión; tienen que ser películas o narraciones con alguna historia o personaje particular. Una vez encontradas, intentemos relatarlas en primera persona, como si nosotros fuéramos el personaje principal que narra su propia historia. Así descubriremos que ese personaje y esa historia representan nuestro propio mito. Los personajes nos atraen porque nos hablan de aquellos arquetipos que más resaltan en nuestra psicología.
Luego, a través de la terapia, podemos hacernos conscientes de nuestros mitos particulares y de ese modo liberarnos del destino al que el mito nos somete: a Caperucita al final se la come el Lobo, a Aquiles lo matan hiriendo su talón, al Quijote le va mal al enfrentar la vida práctica. Recordemos nada más que un mito puede ser maravilloso y entretenidísimo como libro de aventuras, obra de teatro o película, pero si por algún motivo nuestra vida se convierte en obra teatral o película, terminamos viviendo una vida donde el personaje nos actúa a nosotros. Si el mito o la historia está representada sobre un escenario puede ser entretenida e incluso aportar a nuestro crecimiento como personas, mas si toma lugar en nuestra vida real...; si 'somos' nosotros y no podemos separarnos del mito, estaremos siendo poseídos por él. El arquetipo nos posee, decía Jung, y ya deja de ser entretenido. Muchas personas van a consulta psicológica porque sienten que sus vidas no les pertenecen, que repiten una y otra vez la misma historia de siempre, porque incluso a veces descubren que ese mito que los posee ni siquiera lo crearon ellos sino que viene de sus padres y abuelos. En una familia de médicos, el mito puede ser el del “sanador”, un personaje que es representado religiosamente de generación en generación… ¿Qué pasará cuando un joven se resista a representar el papel de ese mito familiar? ¿Qué pasará si él en vez de estudiar medicina quiere dedicarse a los negocios, o al arte, etc.? ¿Qué duelo o conflicto significará para él y su familia?
Comprender la mitología familiar o individual no significa desechar lo positivo que pueda enseñarnos, sólo implica que podemos actuar y elegir con mayor consciencia y libertad.

viernes, 1 de mayo de 2009

Los sueños

El análisis de sueños es un campo muy vasto dentro de la psicología y la psicoterapia. En especial quienes nos dedicamos a la psicología profunda consideramos los sueños como un material ineludible para ver las necesidades y posibilidades de cambio de un paciente.
Fue Freud quien comenzó poniendo atención al hecho de que los sueños podían ser interpretados para descubrir su contenido encubierto. No obstante, fue C. G. Jung quien supo ver en los sueños verdaderas expresiones del alma o la psique de la persona y aún más allá, de la psique colectiva o “inconsciente colectivo”. Para este autor, los sueños eran ventanas para entender el inconsciente y a menudo poder recibir mensajes significativos para el paciente. A veces un solo sueño puede no ser tan importante como la serie completa de los sueños durante un período de tiempo. A lo largo de varios sueños podemos ver la evolución o el cambio que experimenta el paciente.
Desde el punto de vista de la calidad de las imágenes y de los temas oníricos, podemos clasificar los sueños en sintomáticos o simbólicos. Los primeros se caracterizan porque en ellos se muestra, de modo alegórico, un drama psicológico del paciente. Son sueños poco nítidos donde predomina el conflicto y la angustia. El paciente se siente mal y a menudo el sueño termina sin una resolución (el paciente despierta cansado o angustiado). En los casos más comunes, son sueños también donde el paciente repitre cosas de su diario vivir, deseos o preocupaciones. Los sueños simbólicos, por el contrario, son sueños que también presentan imágenes alegóricas y arquetípicas pero donde la persona alcanza a vislumbrar una solución al drama que se representa en él. La sensación final con que el paciente despierta es de vitalidad o fascinación, o de sobrecogimiento porque percibe que el sueño le está transmitiendo un mensaje. Es probable que este tipo de sueños simbólicos marquen hitos dentro de la vida de una persona o en el contexto de una terapia.
Los sueños no necesariamente basta con analizar su significado, como si se hiciera una simple traducción de la simbología presente en ellos. También es esencial que la persona los trabaje y entre en contacto directo con las imágenes o símbolos. Eso involucra poder hacerse conciente de las emociones asociadas a cada uno de los sueños y empezar a tener una relación personal-emocional con los contenidos oníricos.
A menudo el sueño nos revela un conflicto o una necesidad que nosotros no hemos reconocido aún concientemente. Cumplen una función compensatoria, al mostrarnos “la otra cara de la moneda” de nuestra vida conciente. De esta forma si concientemente nos sentimos seguros, puede que el sueño nos muestre la inseguridad de nuestras vidas, soñando por ejemplo con alguna catástrofe. El soldado que está en la guerra constantemente tendrá sueños con el hogar, que representará su necesidad de paz. Por el contrario, quienes llevan una vida extremadamente pacífica y se consideran a sí mismos 100% pacíficos, puede que sueñen con guerra y agresiones. Los sueños revelan la necesidad de reconocer nuestra propia "Sombra", aquella parte de nosotros que es importante comprender y dar importancia, a pesar de que puede parecer contraria a nosotros mismos.

Trabajar los símbolos

Para el psiquiatra suizo C. G. Jung, los símbolos cumplen una función trascendente que permite vincular la vida inconsciente de nuestra psique con la conciencia (Véase Jung, "La Función Trascendente", 1916). En otras palabras permiten hacernos consciente de lo inconsciente. La racionalidad por sí sola no alcanza a dar cuenta del rico torrente de imágenes e impulsos que surgen del inconsciente. El símbolo opera como una suerte de “transformador” de energía psíquica.
En el transcurso de una terapia psicológica, los pacientes descubren que muchos de sus síntomas cumplen un rol simbólico y que cuando comprenden ese significado lo que antes era parte de su enfermedad psíquica y motivo de consulta, ahora es una puerta para alcanzar mayor desarrollo y satisfacción personal. Por ejemplo una persona puede consultar porque tiene un trastorno de alimentación; sufre del deseo compulsivo de llenarse de comida (lo que puede estar ocasionándole una bulimia u obesidad seria). El comer y comer sin parar puede estar revelándole su necesidad de nutrirse, pero simbólicamente, es decir espiritualmente. Puede que en su vida esta persona se sienta estancada o desnutrida de afectos o relaciones significativas; puede tener algún complejo serio con la figura de la madre (quien simbólicamente es la encargada de darnos el primer alimento). Al comprender el símbolo en su vida, puede que deje de comer compulsivamente y sea su oportunidad de empezar a proveerse de alimento espiritual a través de alguna actividad artística o religiosa. El síntoma se transforma en símbolo: abre una puerta para su desarrollo.
Podemos ver que el lenguaje simbólico es además altamente estético. Es decir, interpretar un símbolo requiere una sensibilidad especial desde el punto de vista artístico. Una negación de nuestra feminidad puede expresarse en una estética personal masculina llena de líneas duras, colores fuertes y ángulos cerrados, mientras inconscientemente, en sueños por ejemplo, nos vemos vestidos o rodeados de lo opuesto: líneas suaves, colores pasteles, figuras redondeadas, símbolo de lo femenino.
Una prueba de lo que estamos diciendo se puede observar en un trastorno tan común como la depresión o el carácter melancólico. Me ha tocado conocer personas que inconscientemente se visten de negro casi todo el tiempo y se rodean de una estética que llama a la tristeza. Asocian “bello” con “triste” y desarrollan incluso una especie de mística y adoración por los símbolos asociados a la noche o a la figura del vampiro o de la muerte. Si son jóvenes, puede que se unan a algún movimiento como góticos, emos, death metal, etc. A menudo son personas que pueden tener talentos artísticos o psíquicos especiales: escriben, pintan o tocan música, o bien poseen sensibilidad psíquica especial. Detrás de sus modas se revela una necesidad espiritual inmensa que no puede desconocerse si se aborda con ellos algún intento terapéutico. No bastan los tratamientos habituales. Será necesario trabajar sobre los símbolos, su significado tanto colectivo como para la persona, e incluso ver maneras de vivir constructivamente (en vez de sintomáticamente) esas imágenes.
Los sueños son otra fuente muy rica en símbolos. Una persona cualquiera puede soñar, por ejemplo, que está cambiando su pieza o que bota ropas antiguas de su closet. Aquello puede simbolizar que necesita hacer un cambio en su vida e identidad. Soñar que se tiene un hijo puede simbolizar que ese cambio se está cristalizando. El hijo puede ser símbolo del nuevo ser que comienza a nacer en cada uno de nosotros. A menudo podemos soñar que luego de tener ese hijo (en especial cuando el soñante es mujer) debemos esconderlo tal como ocurre en la historia bíblica de Jesús. Puede señalar que el cambio no es bien visto por otros o por el entorno social inmediato.
Los símbolos pueden ser una fórmula para reencantar nuestra vida actual o darle un nuevo significado. Nos enseñan que nuestra psique tiene vida propia y que adentrarnos positivamente en ella podemos sanarnos y desarrollarnos más allá de nuestros límites. Para la persona común y corriente significa sentirse más realizado, mejorar sus relaciones y potenciar su trabajo con mayor libertad y creatividad.

Desarrollar valores

El cambio de valores es una consecuencia natural del cambio que sufren las personas en la vida, por ejemplo a través del duelo o las crisis. Sin embargo, las personas también cambian sus valores a través de la terapia, lo que es inevitable.
No se trata de que renunciemos a nuestros valores, preferencias o forma de ser. En ningún caso es negar los sentimientos y las convicciones de una persona. Lo que ocurre realmente es una ampliación del espectro donde esos valores se aplican en la práctica. Si una persona tiene como valor la confianza, pues descubre que hay más maneras de vivir la confianza de las que él se había imaginado antes. Descubre que el valor no es tan concreto como en un principio pensó, pero ningún caso debe renunciar a ese valor.
Muchas veces ocurre que las personas creen que un problema psicológico se origina por un “exceso” de algún valor, virtud o cualidad positiva en ellos. La gente exclama “mi problema es que soy demasiado confiado” o “lo que pasa es que amo demasiado” o “no debería ser tan idealista”. Con esto sólo consiguen entrar en un conflicto con ellos mismos justo en aquellas áreas que son su mejor contribución. Suponen que la solución es restar virtud, que deben ser menos confiados, entregados o idealistas, por ejemplo.
Nosotros en la terapia sabemos que nunca podemos hallar una solución buena para el paciente que signifique restar. Nuestra máxima de trabajo es “nunca restar”, sino siempre ayudar a sumar.
El problema radica en que las personas no percibimos, debido a nuestro pensamiento dualista, que dos virtudes no tienen por qué ser opuestas entre sí. Por ejemplo, hay muchos dichos que resumen aquello, como “Lo cortés no quita lo valiente”, sólo por mencionar alguno. En ese sentido podemos hablar de virtudes o valores complementarios en lugar de contrapuestos. El problema no consiste en restar al valor que ya está desarrollado sino en desarrollar el valor que nos falta, complementario. Por ejemplo, una persona que ha tenido problemas por confiar en la gente puede que no haya desarrollado aún virtudes que complementan la confianza, por ejemplo, ser perspicaz, precavido. Alguien que dice que su problema es que ama o entrega demasiado puede que aún no haya comprendido que debe aprender ahora a desarrollar amor y entrega hacia sí mismo. El error es pensar que una le resta a la otra. A menudo en terapia se puede observar a personas que dicen: “Me he preocupado mucho de los demás; ahora debo preocuparme de mí mismo” y muchas veces en la solución que dan ellos sienten que deben dejar de preocuparse por los demás. Ahí revelan que tienen un mundo dividido, estar con otros es para ellos lo opuesto de estar consigo mismos. La pregunta es: ¿son realmente contrapuestos? ¿Acaso no es posible estar con otros al mismo tiempo que se está con uno mismo? ¿Preocuparse por otros a la vez que por uno mismo? Cuando logras comprender que no son opuestos, que somos libres de crecer de modo ilimitado, los conflictos desaparecen y la persona empieza a sanarse. Adquiere madurez. Como tiene valores complementados ya no cae en el totalitarismo o en el fanatismo y las obsesiones son cada vez más raras en él. Puede que diga: ser espiritual no quita preocuparse por lo material y viceversa. Tener una identidad masculina no significa que pueda tener algo de femenino, etc. Finalmente lo que hacemos es enriquecer nuestro mundo de posibilidades en vez del modelo empobrecido y estereotipado de nuestras enfermedades psicológicas. Nos desarrollamos en lo valórico tanto como en lo demás.

Flexibilizar el pensamiento.


Una de las características de las neurosis y trastornos de personalidad es la rigidez cognitiva. Las personas que padecen estos cuadros tienen dificultades para criticar, analizar y descubrir de dónde viene su manera de pensar. Tienen ideas fijas, y son lo contrario de lo que llamamos flexibilidad mental.
A menudo tienen el hábito de clasificarlo todo: personas y cosas en categorías bien definidas. Toleran poco la ambigüedad, aunque ellos mismos pueden mostrarse ambiguos en sus sentimientos y en sus relaciones. Son característicos en ellos los juicios marcados acerca de la realidad. Constantemente dicen “Juan es mentiroso” o “Pedro es cobarde”, o hacen generalizaciones como “las mujeres son (adjetivo), “todos los chilenos son (adjetivo)”. También les gusta clasificarse y definirse a sí mismos: “Soy creyente”, “Soy complicado” o “Soy introvertido”. Con eso a menudo se cierran a sí mismos las puertas de cualquier cambio psicológico.
Tener rigidez de pensamiento significa pensar que nuestros pensamientos son reales en sí mismos en vez de entender que son sólo representaciones que nosotros mismos hemos creado a partir de nuestras experiencias. Significa que la realidad es algo fijo para nosotros, algo que no cambia; a la vez vemos a las personas como buenas o malas, sin matices.
La rigidez mental nos lleva a cometer errores y a vivir haciendo esfuerzos sobrehumanos por adaptar la realidad a nuestros conceptos sobre la misma. En algún momento la ilusión se quiebra y terminamos sufriendo y sintiendo como si alguien tuviera la culpa.
La terapia psicológica nos permite ir poco a poco haciendo flexibles nuestras creencias, juicios y valores. Los vamos contrastando sistemáticamente con la realidad (no sólo la realidad exterior sino la propia también). El resultado es que paulatinamente nos vamos dando cuenta de que poseíamos hasta ahora un modelo esteriotipado y empobrecido del mundo, que el pensamiento en sí mismo no es la realidad sino algo que nos permite entender esta realidad para vivir mejor en ella; una herramienta tan práctica como cualquiera. Si la herramienta no me sirve, por ejemplo, una creencia que no nos permite ser felices o hacer felices a otros, somos libres en todo momento de cambiarla.
Al comenzar una terapia alguien con pensamiento rígido puede que se pregunte qué es él o ella. Siente que necesita definiciones claras y cree que el psicólogo se las va a decir en su calidad de experto. A veces les agrada afirmar: “Mi problema es que soy Histérico” o “Soy Introvertido” o “Soy Limítrofe” y al hacerlo toman el diagnóstico o los conceptos de la psicología para poder definirse y quedar más tranquilos. Con el transcurso de la terapia y en la medida en que van avanzando positivamente la pregunta de “qué soy” deja de ser relevante. El paciente se da cuenta de que él es más que cualquier definición y que uno puede ser muchas cosas a la vez y por elección. Un ingeniero puede darse cuenta de que puede ser matemático y humanista a la vez. Una mujer, que puede ser tan femenina como masculina, según necesite serlo. Una madre, que puede ser tan madre como padre en las funciones y roles que realiza. El resultado final es mayor libertad y plenitud al no estar restringido a nuestras propias definiciones. Lo que realmente importa no es la pregunta de “qué soy” sino el “quien soy” que implica poder reconocerse uno a sí mismo en las cosas que hace o elige, sintiéndolas como propias. Es más un sentimiento, una convicción encarnada, que una definición intelectual. Cuando la identidad está clara, el pensamiento se relaja y puede asumir la función práctica para la cual existe. Nadie puede disfrutar la vida o desarrollarse realmente mientras su mente permanece rígida.

Las Neurosis



¿Qué son las neurosis? ¿Qué es un neurótico? Estas son preguntas que vale la pena poder responder de modo sencillo, sin recurrir a la terminología médica o psicológica que a veces nos confunde.
Es importante ser prácticos y tener en cuenta, no los casos extremos y únicos que uno ve en los hospitales o en las películas, sino lo que uno ve en su vida cotidiana.
A menudo nos han llamado neuróticos casi como una forma de ofensa, pero hemos quedado ignorantes de su significado.
A decir verdad no existe una única manera de entender qué queremos decir con esa palabra. Ni siquiera los psicólogos hemos podido llegar a un consenso que deje satisfechos a todos.
Quisiera eso si, recurrir a una definición que alguna vez leí en un libro antiguo cuyo nombre no recuerdo, pero la definición resulta ser muy descriptiva y útil. Neurótico –dice- es una persona que teniendo un talento es incapaz de aprovecharlo, por una causa psicológica. Podríamos igualmente hablar de complejos, de trancas personales, o del “software mental” que esa persona viene reforzando desde la infancia. Sin embargo la definición es muy ilustrativa ya que todos nosotros hemos conocido personas, incluso a veces nosotros mismos, que pese a poseer grandes talentos y virtudes, las desaprovechamos y nos vemos entrampados en mil cosas, a veces de poca importancia. Podemos ver grandes artistas frustrados, deportistas que nunca creyeron sí mismos, o personas aparentemente exitosas en algún área de la vida pero con grandes fracasos en otras. Gente famosa o millonaria con graves conflictos familiares, relaciones deshechas, gente muy espiritual pero con graves trastornos en lo laboral, etc. La lista de ejemplos es interminable.
De modo que la neurosis, en la práctica, es una imposibilidad de desarrollarnos y cuyo resultado emocional es el sufrimiento.
Desde un punto de vista más psicológico, decimos que la persona posee una estructura, una manera de moverse en el mundo que es rígida, desadaptada desde el punto de vista de su organicidad. Cuando hablamos de estructura psíquica hablamos de algo que se ha ido formando con los años, como si fuera un nido, o como si nosotros mismos hubiésemos ido tejiendo nuestra propia ropa alrededor. El problema es que ese nido o esa ropa, puede impedirnos el desarrollo. Imaginemos alguien que llega a adulto usando la misma ropa que usaba de niño. Naturalmente le queda apretada, puede que no pueda moverse, que le estrangule o le atrofie alguna extremidad, etc. Una estructura psíquica puede ser tan neurótica como eso. Finalmente enfermamos. La persona no logra encontrarse con su propio equilibrio ecológico.
En el tratamiento a las neurosis, las distintas terapias hacen distintos énfasis. Algunos intentan simplemente aflojar la estructura haciendo que tomemos conciencia de ésta. Otros intentan dilucidar las causas en el pasado que la originaron; otros intentan que la persona descubra sus virtudes y potencialidades para así sentirse motivados a cambiar.
Lo común a todas ellas es que en todas finalmente se reconoce el hecho de que podemos influir sobre nuestra estructura. No estamos condenados de por vida a sufrir con una neurosis. De hecho cuando los psicólogos hablamos de “neurótico” no nos referimos a la persona en sí que hay detrás, sino a la condición, tal como se tratara de la ropa o el rol de la persona. Con eso sabemos que cada persona es siempre más que su neurosis, y la terapia es la aventura donde podemos descubrirlo.